NIÑOS REPELENTES. HOY: ESAS PEQUEÑAS BÉSTIAS RUIDOSAS.
Hace un par de sábados llovió. A mí siempre me han gustado los dias lluviosos, sinónimo de un libro, una mantita... Esos dias en los que cuando llega la noche ya has ingerido 2 millones y medio de calorías -y aun se tiene el cuajo de cenar- y tienes los ojos inyectados en sangre de la cantidad de televisión que has visto.
Eso era ANTES de Diego.
Porque ahora pasar un día de lluvia entero en casa con Diego es imposible. A Diego no le motiva el canal Disney más alla de 20 minutos. Y jugar, en fin... Ayer me dejó jugando con sus juguetes mientras él iba a buscar a su madre, para ir de paseo: si el papá quiere jugar, que juegue, pero mi paseo vespertino es sa-gra-do...
Teatralización :
Diego: ¡Uh! ¡Uh!...pegando palmotazos en la puerta para que salgamos de casa ( os juro que lo hace, el tío los tiene cuadraos)
Yo: Bueno, ¿Qué hacemos?
Tere: Pues habrá que salir...
Yo: !Ya lo tengo vayamos al Famliy Center! ( se trata de un centro de ocio familiar con piscinas de bolas, cacharritos sacacuartos diversos, cafetería, etc, dónde se lleva a los niños para que quemen la energía que en casa podrían emplear en malezas como romper cosas o autolesionarse)
INCISO: Aquí un narrador omnisciente diría con la voz engolada: Y tomaron la peor decisión posible...¿Como se les ocurre ir al Family Center un sábado lluvioso? Se mascaba la tragedia.
Y allá que nos fuimos inocentes camino del centro familiar.
Al llegar abrí la puerta y una bofetada de aire cálido sacudió mi cara. Los sentidos trastornados por el calor, fueron despertando. Primero fue el del oído...
Yo: Teresa...¿Es mi imaginación o ahí dentro hay gente herida gritando de dolor? ¡Rápido llama a una ambulancia!
Pero no, sólo eran niños chillando como si estuvieran todos locos.
En fin, velando por la salud auditiva de nuestro Diego y por la mental de sus progenitores, intenté dar media vuelta, pero Diego driblando a su padre, osea yo, ya corría hacia adentro atraído por los colorines y las luces, como los insectos al fluorescente maléfico. Aún así intenté detenerlo, vive Dios, pero definitivamente, era demasiado tarde...
Diego había establecido contacto visual con su entorno y el scanner le había arrojado al menos dos sitios a los que debía subir o nos lo haría apagar caro. Esa noche no comería bien, o no dormiría o nos infligiría algún otro castigo similar. Antes de que pudiéramos darnos cuenta ya estaba intentando encaramarse a un coche de carreras profusamente adornado con pegatinas de 'Botafone', literalmente. Y el coche era un 'MacLauren' o algo así.Los derechos de autor, ya se sabe...
Afortunadamente escogió el coche y no los payasos picaruelos:
Cosas que un padre nunca querria escuchar: papá, papá mis "prefes" son los payasos con el culo en pompa!
Despues de un rato en el coche ( el coche va con un euro pero a Diego no le gusta que los cacharritos sacacuartos se muevan así que no echamos el euro y lo subimos igualmente PROS: nos ahorramos el euro. CONTRAS: aquí se pasa desapercibido, pero en las cafeterías pequeñas nos miran raro) Diego quiso ir al tiovivo, un poquito más para adentro. Y después...a la piscina de bolas, en pleno centro neurálgico del local. Probablemente se estaban celebrando 5 cumpleaños a la vez. A la izquierda había unos 200 padres merendando los bocadillos de mortadela de sus hijos y a la derecha otros tantos niños sin zapatos y sudando. 200 niños, 400 pies. La escena era Dantesca.
Juro que vi como un grupo de niños se estaba dando de golpes con unas niñas por la pugna de una especie de balancín con forma de foca. Eso parecía el Bronx. Vinieron a mi mente escenas de 'El señor de las moscas' y 'Los niños del maiz'. Vamos, allí se cae una anciana y la devoran como una colonia de hormigas salvajes a un escarabajo pelotero en un documental del National Geografic. Padres con la mirada perdida se hacían los locos ante los arrebatos de violencia arrabalera de sus pequeños vástagos... En cuanto a la piscina de bolas... Los niños podían entrar, pero una vez dentro eran engullidos por la marabunta de niños que aparecían por entre las bolas como si fueran el monstruo del pantano... Diego metió un pie. A su lado cuatro niños locos y uno pequeñito panza arriba con su padre un poco nervioso ya porque no llegaba a cogerlo... Mira que Diego no es lo que podríamos denominar el colmo de la movilidad, pero trepaba por la red para salir de aquel antro infernal como una lagartija mientras profería ¡uhs-uhs! como un poseso.
Una vez debidamente traumatizado lo sacamos de allí y volvimos a casa todos un poquito más sabios de lo que salimos. Diego, con toda probabilidad cuando pase por la puerta de uno de esos locales saldrá huyendo como alma que lleva el diablo y nosotros aprendimos que salir de casa para meternos en otra parte tampoco es una solución. Más vale tenerlo rebotado en casa un día que aguantar a 200 de niños que no te tocan nada. Dar un paseo bajo una moderada lluvia otoñal tampoco es una opción a desdeñar. De hecho, eso hicimos y fue una experiencia estupenda.

Algo en mi fuero interno me dice que me tragaré cada una de las palabras de éste último párrafo y, cuando dentro de unos años, Diego sea invitado a uno de esos cumpleaños, quizás lo mire y vea a uno más de esos niños chillones y, también quizás, yo me haya convertido en uno de esos padres con la mirada perdida y la guardia 'distraída'.
Que probablemente, es como debe ser.






nuria dijo
Casi me desmayo de la risa!!!!
Demasiado, ahora estoy con por pánico por cuando mi hijo vaya a esos lugares!
13 Noviembre 2008 | 04:47 AM